vendredi 17 avril 2009

El cayuco


Cuando un cooperante de la misión del ICI me habló de las poblaciones garífunas en "El Patio", un afamado restaurante de Tegucigalpa, no presté la atención que merecía la manera de vivir de estas poblaciones de color; unas gentes que habían permanecido durante siglos sin mezclarse con la población mestiza mayoritaria del país, aferrados a su dialecto tribal africano y escasamente culturizadas por el gobierno de Tegucigalpa. Sin embargo, sí anoté en la agenda la dirección de un hotel en la ciudad caribeña de Tela regentado por un francés. La sola idea de descubrir un rincón aún al margen de los grandes circuitos turísticos excitó mis deseos de conocer un mundo incontaminado que únicamente podía intuir a través de imágenes estereotipadas publicitarias y otras referencias literarias. El ámbito tropical siempre sedujo mi curiosidad; tan lleno de leyendas y misterios, repleto de milagros obrados por vírgenes mayas, lluvias de peces, como la que tenía lugar, según la tradición, un viernes al año en el Departamento de Yoro. Todo parece posible en un país lleno de dislates; de accidentes impensables, como el choque entre un avión y un busito en el aeropuerto de Toncontín, o el de un tren y un barco en una terminal bananera. En tal contexto, el relato de mi amigo cooperante no despertó en un principio la atención que merecía. A pesar de ello, su historia emergió paulatinamente del olvido cuando tomé el busito en San Pedro de Sula, la capital industrial de Honduras, en dirección a Tela. Algunos de mis compañeros de viaje, negros como el azabache, ocuparon los asientos contiguos al mío. Se expresaban en una lengua ajena por completo al castellano.

La carretera se fue estrechando progresivamente a medida que nos alejábamos de San Pedro, las poblaciones eran cada vez más escasas. Cuando la noche cayó, sólo se apreciaba fugazmente los chambaos que los faros del busito iluminaban indirectamente. La profusa vegetación parecía acechar la carretera, tal vez con la secreta intención de engullirnos. Las luces interiores del transporte comenzaron a parpadear cuando una fuerte tormenta iluminaba silenciosamente las paredes verdes de la carretera vacheteada. Por fin la oscuridad reinó por doquier. Contemplaba los destellos fugaces de centenares de luciérnagas para combatir la creciente sensación de desamparo que en aquellos momentos experimentaba. Tras varias horas inmerso en un mundo de sombras y destellos llegué a Tela. Me reconfortaron las escasas luces del pueblo y, más aún, el humilde pero aseado hotelito del francés. Me convertí en el único cliente del establecimiento, solitario tras el encuentro de embajadores del grupo de Contadora.

Tras la cena, Christian, quizá aburrido o tal vez impulsado por aquello de la "convivialité" francesa, se acercó a mi mesa con una botella de flor de caña y dos vasos. Apenas si hablamos de Europa, pues mi amigo no parecía muy interesado en ello. Había abandonado hacía muchos años Rochefort y roto con la mayoría de los vínculos que todo buen charantais suele mantener hasta el final de sus días. Diríase que Honduras había modificado su talante, incluso sus rasgos físicos, y había impregnado su alma de ese pegajoso olor a maíz del que es imposible zafarse tras la primera semana en el país. En Tela no había museos ni iglesias que merecieran una visita, el único atractivo era el mar y el paseo por los poblados garífunas de la bahía. Christian me propuso acompañar a estos pescadores de tiburones en una de sus incesantes excursiones a alta mar. Me aseguró que nunca lo olvidaría.


Al día siguiente, me encaminé pausadamente hacia el poblado garífuna. Pude apreciar cómo un barquito se hacía a la mar. Lentamente la embarcación fue engullida por el horizonte. Incluso aquí, la gravedad no se deja influir por la laxitud ambiental e impide que los barcos vuelen y las lombrices se comporten como mariposas. Confié en que zarpara otro barco. Por unos lempiras me aceptarían a bordo. La mar parecía una inmensa piscina, un gigantesco acuario dispuesto para la pesca del tiburón. Cuatro palabras en castellano y varios gestos amables fueron suficientes para ser aceptado en la excursión.

Empapados por una humedad que convierte en penosas las tareas más livianas, nos adentramos en el gran acuario. La línea de playa aún se percibía dibujada tenuemente por las cabelleras de los cocoteros y por algunos edificios costeros. Dos horas más tarde, el barquito parecía abandonado a su suerte en un estanque ilimitado, en el corazón del reino del tiburón. Un sudor pegajoso destilaba gotas que se condensaban sobre aquellas pieles exentas de mestizaje; pieles cuarteadas que bien pudieran representar detallados mapas de Ghana, Togo o Costa de Marfil; tal vez hayan sido látigos de negreros los que, durante siglos, hubieran alterado el código genético de unos libertos abandonados a su suerte; ni siquiera el vino blanco de coyol, extraído de la ceiba, ha podido rebajar la intensa concentración de melanina de estas gentes.

El mar parecía tolerar aquella mañana la destartalada embarcación. Por fin, fondeamos en aguas claras. Mis anfitriones lanzaron la carnaza ensangrentada y aguardaron con arpón en mano al bando de escualos que no se hizo esperar. Sus aletas se agitaron en torno al cebo hasta que el más viejo de mis acompañantes pudo ensartar el lomo de un buen ejemplar. La presa se revolvió brutalmente y sus desesperados embates contribuyeron a desgarrar su piel. Cuando la estéril resistencia del animal llegó a su fin, mis pescadores se miraron fugazmente y, sin mediar palabra, se arrojaron al agua. A pesar de todo lo que me habían contado, nunca imaginé que se lanzaran a por su presa de aquel modo tan maquinal, como quien enciende un cigarrillo o aplasta una mosca en un gesto rápido y decidido. Mientras el más joven desataba el cayuco del anclaje de popa, su compañero nadó hacia donde la presa agonizaba y, allí, esperó con asombroso temple a que su compañero se acercara con aquel sarcófago de ceiba al tiempo que mantenía a distancia al resto de escualos chapoteando con manos y pies. El cuerpo inerte del animal fue adaptado rápidamente a la cavidad del cayuco y, una vez acoplado, fue girado con portentosa habilidad y arrastrado con parsimonia hasta fijarlo a la popa del barquito. La retaguardia fue cubierta admirablemente por el viejo pescador. Toda esta gesta tan sólo supondría el beneficio de diez lempiras; necesitarían otras dos capturas más para que la jornada resultase mínimamente rentable.

Sin duda y tras lo visto, el concepto que yo tenía de vivir peligrosamente quedó profundamente alterado. Para mí, ya era una aventura presenciar todo aquello a bordo de la embarcación con mi réflex, testigo de esta otra aventura cotidiana a la que se entregaban unos hombres agobiados por la miseria y la humedad del Trópico. Cuando coincidí de nuevo en el "Patio" con el cooperante español, la sopa de tiburón adquirió un sentido que hasta entonces se me había ocultado. Todo pareció haber transcurrido de modo natural. Mis actores habían representado magníficamente sus papeles. Es posible que no fueran conscientes del mismo modo que yo creo serlo del valor con que afrontaban tales peligros, o tal vez lo fuesen a la manera del domador de leones que deambula hábilmente por la frontera de la muerte sin cruzarla, salvo error o impulso suicida. Esos pescadores no eran suicidas, ni cometían errores; navegaban por esa frontera de la muerte con la maestría del domador de leones o el encantador de serpientes. Generaciones y generaciones habían depurado la pesca del tiburón mediante técnicas poco sofisticadas pero absolutamente brillantes. Arpones, cebos, un tronco de ceiba y sus cuerpos componían una síntesis, depurada de lo accesorio, del arte de sobrevivir, de obtener de la naturaleza aquello que se pretende. Convendrán conmigo en que un tiburón no es un aguacate, siempre al alcance de la mano en el generoso mundo tropical. En efecto, los tiburones se recolectan mar adentro con arpones, manos, dientes y coraje. ¡Admirable!



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