viernes, 11 de diciembre de 2009

Microrrelatos del autor


La letra por la boca entra

Mi tío era un lector caníbal. Arrancaba las páginas de los libros que no le gustaban. Su extensa biblioteca estaba formada por volúmenes que en esencia apenas conservaban las tapas y alguna que otra hoja indultada. Los únicos libros que respetó íntegramente fueron el suyo propio, titulado Las diez obras maestras que aún no se han escrito, junto a la Ilíada, la Divina comedia, Don Quijote de la Mancha, Macbeth, Rojo y negro, las Flores del mal, el Ulises de Joyce, Pedro Páramo, Cien años de soledad, y Camino, el libro de Escribá de Balaguer que despertó en él en edad temprana ese instinto caníbal.













Los orígenes

El padre de mi tío, ese lector caníbal, recibió de su padre, mi bisabuelo masón, dos únicas reglas para andar por la vida: no ir nunca a los toros y leer todos los días. Mi bisabuelo había descubierto el placer de la lectura de la mano de un ilustre masón, Federico Rubio y Galí. Así, al amparo de la fraternidad masónica, mi bisabuelo abrazó con tal pasión los libros que inoculó en su hijo el afán lector y éste propició, quizá involuntariamente en mi tío, esa peligrosa papirofagia que en una ocasión le llevó al borde de la muerte. Una vez recuperado, decidió trocar esa afición caníbal por otra más inocua, pero no menos contundente como arrancar las hojas de los libros que no eran de su agrado. Lo único que respetaba eran las cubiertas, ya que sin ellas no podía lucir sus trofeos de caza sobre los anaqueles de su extensa biblioteca.




Sobre los tejados



Federico Rubio y Galí, Príncipe de la Cirugía, dio un consejo a mi bisabuelo, el abuelo de mi tío, ese lector caníbal. Preocupado por su futuro le dijo:

- Antes de entrar en una ciudad, observa desde lejos las construcciones que sobresalen de los tejados. Si lo que ves son campanarios de iglesia, busca otra ciudad para ti y tus hijos, porque allí sólo encontrarás injusticia, privilegios de unos pocos y miseria de muchos. Si por el contrario ves despuntar chimeneas de fábricas, busca en ella la prosperidad para ti y los tuyos.

Esta misma anécdota me la contó mi tío y creí ver en ella la causa de su rabioso anticlericalismo que le indujo a tragarse el libro del fundador del Opus Dei.





Thelonious Monk

Mi tío, ese lector caníbal, había indultado por alguna extraña razón, una hoja de La vuelta al día en ochenta mundos de su denostado Julio Cortázar en la que se citaba a Thelonious Monk. En una de sus visitas a Madrid, allá por los años setenta, me pidió que lo acompañara al Whisky Jazz Club. Tras apurar la primera copa, se armó de valor y, con una pose de entendido en el asunto, pidió al encargado del local escuchar algún disco del mencionado pianista. El hombre sonrío, lo miró con cierto desdén y le dijo:
- Hace más de media hora que lo está oyendo.





Hojas de hierba

Mi tío, ese lector caníbal, recibió en cierta ocasión una carta de un amigo francés, profesor de español, en la que podía leerse: ¿Podrías conseguirme Hojas de hierba de Whitman? Mi tío pasó una semana entera tratando de cumplir el encargo de su amigo y a tal fin buscó sin éxito en todos los herbolarios y casas de té de la ciudad. Al séptimo día entró en la librería de un amigo y le contó el asunto. El librero sólo le preguntó:
- ¿No te habrá pedido el libro de poemas que tú regalaste a tu hija el año pasado?







El retiro del depredador

Mi tío, ese lector caníbal, ingresó tras el fallecimiento de mi tía en una residencia asistida de la tercera edad. Lo primero que hizo fue localizar la biblioteca. Tras una inspección somera, recobró en parte el ánimo al descubrir un nuevo territorio de caza. El director de la entidad se vio gratamente sorprendido al comprobar que la biblioteca era utilizada por un interno. Mi tío se encerraba en ella mañanas y tardes con un maletín en el que ocultaba las páginas arrancadas como un preso la tierra del túnel para su fuga. En cierta ocasión, el director se cruzó en su camino y le preguntó:

- Dígame, si no es indiscreción, ¿qué lleva en ese maletín con el que se encierra en la biblioteca todos los días?
- Las malas ideas de otros.
- ¡Qué guasón! –exclamó el director reemprendiendo su camino.



El mito de la caverna

Hasta que ingresé en la universidad, allá por los años 60, creí que la mayoría de los actores de Hollywood eran zurdos. Un compañero de carrera sostenía lo mismo. En una noche inspirada de copas, ambos descubrimos que nos sentábamos del mismo lado de la pantalla del cine improvisado que solía instalarse durante las noches de verano en las plazas de nuestros pueblos. Desde tan desdichado descubrimiento, ya nunca fue lo mismo ver a un diestro John Wayne caminando de espaldas con su Winchester o a un Charles Chaplin zurdo haciendo girar su bastón. A pesar de todo, sigo añorando tanto a ese vaquero y a ese cómico para mí tan reales entonces, ahora que me situó del mismo lado de la pantalla que todos.



El heraldo

¿Qué piensas si descubres que vas a morir en cinco minutos? Alguien te lo ha dicho sin más; alguien que sabía más que tú. Ese día, dejas tu casa para ir al trabajo de siempre en tu viejo coche, enciendes la radio y una vez más el hastío: el mismo tráfico, las mismas obras mal señalizadas. ¿Habrías preferido no enterarte, no atender la llamada del heraldo de la muerte? ¿Pensarías en tu hija de siete meses, en tu mujer? Yo cogí el móvil y dije con voz de siempre ¿dígame? Resultó ser mi lacónico hermano. Me dijo que iba a morir, que todos íbamos a morir. Paré el coche y escribí esto en mi portátil. No tenía tiempo para reunirme con mi mujer ni mi hija, sólo bajé la ventanilla y miré al cielo como muchos otros. Mañana, no sé si habrá alguien para leer esto.



El tirano

El tirano murió en los sótanos de su palacio a salvo de miradas indiscretas, pero antes del último aliento asió la mano de la tirana. La mujer, sorprendida por el gesto súbito, se apresuró a poner el oído junto a su boca para recibir emocionada sus últimas palabras. Al ver que se demoraban, se atrevió a decirle:

- ¡Dime que me quieres, que siempre me has querido!
- No lo sé, siempre he seguido tus mandatos. Querías el poder y te lo di–balbuceó el tirano-. Pasé por encima de todos para complacerte. Puede que a eso algunos le llamen…- dijo con las últimas bocanadas de aire.
-¡Responde, te exijo que respondas! ¡No me puedes dejar así!
-…sumisión –dicho lo cual el tirano expiró y la tirana quedó desconsolada sin su más preciado siervo.

1 comentario:

  1. Fantastiques ces histoires!... tengo que repasar vocabulario,dame tiempo, porque quiero decir mucho y no me acuerdo de nada. Desde ya soy seguidora de éste magnífico blog.
    Plurimam salutem !

    ResponderEliminar